Jack el Sayanim, capitulo: VI

por José Ángel Solorio Martínez
Jack, se movía como animal salvaje en los negocios. De pelo castaño claro que algún día fue rubio, rostro regordete y tez chapeada, era implacablemente sedoso en todo pacto económico. Su sonrisa aparecía fácil y espontáneamente. Sus ojos azules, intimidaban a los hombres y disolvían a las mujeres. Los días de oficina, vestía traje –casi siempre azul– que le ajustaba al cuerpo un sastre –“es un artista”, aseguraba– de la ciudad de México. Dejaba sus instintos sueltos, y permitía a su olfato medir la confianza o desconfianza de su presa. Leía a la primera mirada, las virtudes y defectos de sus interlocutores. Su refinada viveza para reproducir dinero, lo erigió en menos de dos décadas como el factor económico más vigoroso e influyente en el sur de Tamaulipas: Tampico, Madero y Altamira. Sólo cedería ante los embates políticos –más que económicos– del sindicato petrolero y su líder máximo: Joaquín Hernández Galicia.
Ramiro Garza, llegó a Tampico en los años 60. Procedía de Reynosa, Tamaulipas donde la suerte “pocas veces estuvo de su lado”. Había rematado media docena de camiones de carga, con la idea de no regresar. Pensaba rehacer su negocio, en una economía porteña en ascenso permanente. Tres días, se dedicó a conocer la región. Observó la explosiva economía prohijada por el petróleo; la intensa actividad comercial –y de servicios como el turismo– y una modesta, pero activa, flota pesquera que silente y ondulante –como doloroso paso de gusano– salía por el Pánuco hacia el golfo.
Fue testigo de la forma en que el quinismo, se posicionó –económica y políticamente– en la sociedad sureña. La relación de La Quina –así se le conocía a Hernández Galicia, por haber sido permanente consumidor en su niñez de aquel tónico que funcionó como suplemento alimenticio infantil llamado Quina Laroche– con sus seguidores y socios nunca le agradó.
“Y no tenía por que gustarme. Yo no era petrolero”, decía.
Conociendo los planes de Garza, un amigo cercano a La Quina, le aconsejó:
–Pídele un préstamo a Don Joaquín.
No contestó.
Pensó:
“Si acepto el dinero de La Quina, nunca dejaré de ser su empleado.”
Una semana más tarde Ramiro recurrió al Banco Internacional. Iba a gestionar un crédito para la compra de diez camiones de carga. Vestía de kaki –pantalón y camisa– sombrero Stetson gris de pelo de castor. Calzaba botas para trabajo de campo.
Lo esperaba el Presidente del Consejo del Banco.
Garza, expuso las necesidades financieras para poner en marcha su negocio. No excedían los 200 mil pesos. Pidió seis meses para cubrir el adeudo. Dispuesto a pagar, los intereses que el banco estableciera.
El agente bancario era Jack.
Cinco minutos de diálogo.
No más.
Fue negativa la respuesta.
Ramiro salió de ese encuentro contrariado.
“Encabronado como pocas veces”, contaría a su amigo Oscar Román.
Garza, se marchó a la ciudad de México. Logró un crédito del Banco de México, adquirió los diez camiones y se incorporó a PEMEX como contratista. Hizo muchos amigos en la política y en los negocios. En dos décadas, su capital se acrecentó en varios cientos de millones de dólares. Nunca ha terminado de agradecer, la actitud mezquina de Jack. “Me lanzó a los tiburones y sobreviví”, decía.
A principios de los años 70, regresó a Tampico. En el hotel Inglaterra, en una reunión de capitanes de empresa, coincidió con Jack. Se saludaron. El rey del refresco, lo recordó. Platicaron animadamente durante casi todo el evento.
Serio, Garza le soltó antes de despedirse:
“Dígame una cosa: ¿Por qué no me autorizó aquel préstamo?”
Los ojos azules, sin inmutarse, confrontaron a los metálicos ojos negros.
Respondió:
–Vi en tus ojos, mucha ambición.